Concurso Literario 2025

¡Ya tenemos ganadores del Concurso Literario 2025: Me lo contó un pajarito!

El Departamento de Humanidades de nuestra escuela organizó con entusiasmo una nueva versión del Concurso Literario Estudiantil 2025, bajo el sugerente título Me lo contó un pajarito. Esta iniciativa buscó incentivar la creatividad, la imaginación y la expresión escrita entre nuestros estudiantes, quienes aceptaron el desafío de contar una historia en formato de cuento.

Estudiantes de diferentes niveles participaron con entusiasmo, compartiendo relatos únicos, originales y llenos de talento. Cada uno de estos cuentos fue evaluado cuidadosamente por una comisión designada por el Departamento de Humanidades, que valoró la creatividad, coherencia narrativa, uso del lenguaje y conexión con el tema propuesto.

Tras una difícil deliberación, ya tenemos a los y las estudiantes ganadores y ganadoras de este concurso literario. Agradecemos a todos quienes participaron y felicitamos especialmente a quienes hoy destacamos por su talento narrativo.

A continuación, publicamos los cuentos ganadores. ¡Los invitamos a leerlos y a disfrutar del talento literario de nuestras y nuestros estudiantes!


Pepito el monito

(Ludmila Cofré, 2° básico)

Había una vez un monito del monte que estaba durmiendo, que se llamaba Pepito, y despertó por hambre. Fue a su árbol favorito, que había muchos frutos. Pero no habían frutos esta vez. Se había preguntado: ¿por qué no hay frutos?.

Le preguntó a su amiga la vizcacha, que se llamaba Sofía,
—Sofía Vizcacha, ¿sabes a dónde hay eh comida?

La amiga, la vizcacha, le dijo:
—No sé, Pepito, pero sé que hay en los árboles de Llanada.

Pepito se sorprendió y dijo:
—¡¿Qué?! Yo nunca había viajado tanto.

Y lo que hizo no es ir a Llanada Grande; fue a buscar semillas y las plantó. Después se tuvo que mudar porque los humanos estaban derribando su hogar, y tenía que tener cuidado donde tenía que vivir, porque estaba el zorro chilote, y el zorro chilote estaba buscando comida, y el monito del monte era su comida.

Entonces, pasaron años y años, y obviamente visitaba ese lugar para echarle agua. Pasó años y años y volvió a su nuevo hogar. Obviamente ya estaba destruido por los humanos. Fue a su casa a buscar una canastita, recogió todos los frutos y Pepito vivió feliz para siempre.


La Bandurria

(Florencia Ojeda, 3° básico)

Érase una vez una bandurria, un ave chilena y cochamonina, que se encontraba en un bosque lejano. Un día sucedió que se encontró un ave más pequeña que ella, y la bandurria la adoptó, pero se dio cuenta que el ave no era de su especie. Aun así la adoptó para tener un compañero. A medida que el ave crecía, pudo decirle que especie era, y el ave era… un martín pescador. Solo era un recién nacido. Apenas tenía cinco meses. El martín pescador era hembra, y se llamaba Lily, y la bandurria se llamaba Reyla.

De repente las aves se sentían observadas, y miraron atrás, y estaba la mamá del martín pescador. Luego, todos los días, iban a visitarse y a jugar. La bandurria estaba feliz y contenta, al igual que Lily. La bandurria se puso muy feliz, ya que recorrió el bosque con Lily. Lily estuvo de cumpleaños, y hacían pijamadas, y salían a comer muchas golosinas. Salían al parque, se llevaban comida, e invitaban a mamá a comer y jugar. Salían al cine con mamá bandurria, y mamá pescadora. El fin.


Kalfu y Kuyen

(Matilda Henríquez, 7° básico)

   Hace 14 años atrás, y 25 años de cautiverio, una pareja de pudúes fue regresada a su hábitat natural, el Parque Alerce Andino.

   Kuyen era una pequeña pudú que nació en cautiverio. No conocía nada más que las rejas y árboles de plástico que la protegían del sol. A pesar de vivir en ese mundo tan frío y sin aventuras, todos los días se las ingeniaba para mantenerse entretenida. Jugaba con su sombra, escondía sus piedras, y conversaba con sus pensamientos.

   Una mañana vinieron a alimentar a Kuyen, y ella sintió un olor diferente que se acercaba poco a poco. No lograba diferenciar que era, hasta que al levantar la cabeza vio asustada a otro animal igual que ella, pero más grande. Kalfú era un pudú grande que había vivido gran parte de su vida en libertad, disfrutando de muchas aventuras, y conociendo muchos animales que dejaban una huella en su camino. En ese momento sus ojos brillaron de alegría, porque ya no estaría más sola. Por fin tendría a un compañero de aventuras. Desde ese día se volvieron amigos. Kalfú contaba sus historias, aventuras, y hazañas, mientras Kuyen escuchaba atentamente e imaginaba como sería allá afuera.

Un día notaron movimientos extraños. Una persona con jaulas enormes los fueron a visitar, y una mujer amable les dijo dulces sueños. A la mañana siguiente un fuerte rayo de sol iluminaba el rostro de Kuyen, y al abrir los ojos se vio sola en medio de un bosque milenario. Asustada, comenzó a llamar a Kalfú.

  • ¡Kalfú, Kalfú! ¿Dónde estás?      

Pero Kalfú no la escuchaba, porque andaba explorando el lugar, viendo si algún peligro los podía acechar, ya que ahora debía proteger a Kuyen. Luego de unos minutos, Kalfú llegó corriendo y muy agitado gritando.

  • ¡Estamos en un paraíso, Kuyen! ¡Por fin somos libres!

Ambos comenzaron a reír de felicidad, y corrieron eufóricos alrededor de un gran alerce. Avanzaron hasta una colina en donde divisaron el imponente Lago Chapo. Ahí pasaron el resto del día conversando sobre lo afortunados que eran de estar en este hermoso paraíso. A la mañana siguiente despertaron con el sonido del pájaro carpintero, quien tenía su hogar en un viejo avellano. Kalfú a esa hora de la mañana ya tenía mucha hambre, así que empezó a comer las avellanas que caían del árbol.

  • Mira Kuyen ¡La comida nos cae del cielo!

Decía Kalfú, mientras masticaba con la boca abierta. Kuyen salió a recolectar pequeños frutos de murta y maqui, cuando se encontró entre los arbustos  un monito del monte, quien también recolectaba frutos para su familia. 

  • ¡Buenos días, señor monito!
  • ¡Buenos días, pudú!
  • Me llamo Kuyen, y recién llegue a vivir a este hermoso lugar con mi amigo, Kalfú.
  • Yo soy Yunuen, y vivo acá desde hace muchos años ¿Quieres que te lleve donde hay más comida?
  • Siiii, por favor.

Yunuen le dio un paseo a Kuyen, y le mostró donde podría obtener el alimento. 

  • Acá tenemos una gran variedad de árboles, arbustos, flores, y helechos que te servirán de alimento.
  • Yunuen, eres muy amable. Siempre estaré agradecida.

Kuyen volvió corriendo donde Kalfú, quien estaba durmiendo apoyado en el gran avellano.

  • Kalfú, Kalfú, encontré un nuevo amigo. Ahora no nos faltará nunca el alimento.

Todos los días, en la mañana, Kuyen y Kalfú hacían el recorrido por el bosque.

Una noche de luna roja el amor se sentía en el aire. Kalfú y Kuyen decidieron unir sus corazones, y formar una familia. A los años nació Anacaona, quien era pequeña, traviesa, divertida, y muy alegre. Anacaona se sentía sola, así que los pies de un gran alerce le pedía a las estrellas una hermana para jugar. Una gran estrella fugaz le concedió el deseo, y trajo a la vida a Ayelen, quien era alegre, dulce y divertida.

Con la ayuda de Kimche, que era una sabia zorra chilla, criaron a Anacaona y Ayelen. Kuyen les enseñó todos los secretos del bosque. Las pequeñas, con mucha imaginación, hicieron de su vida una gran aventura. Sus días eran cada vez más divertidos. Kalfú y Kuyen se encargaban de darles enormes aventuras y descubrir hermosos lugares.

En el verano Kalfú planeaba un gran viaje. Con la ayuda de las aves migratorias, elegían su destino. Vivían momentos inolvidables, y creaban en sus hijas recuerdos que las acompañarían por el resto de sus vidas.

Anacaona y Ayelen crecieron felices, libres, felices y sin miedo en el bosque del Parque Alerce Andino. Recorrieron los lugares más bellos de la Patagonia, aprendieron a convivir con otros animales, y aprovecharon la sabiduría del bosque para aprender que las diferencias entre los animales hacen posible el equilibrio. Kalfú, Kuyen, Anacaona y Ayelen disfrutan todos los días de los atardeceres, de las noches estrelladas, de las risas y las historias de Kalfú. Antes de dormir agradecen la oportunidad que tuvieron de poder ser libres, forjando su propio camino, rodeados de naturaleza real y de animales muy sabios que les ayudaron a adaptarse a su nuevo hogar, mientras Kalfú prepara en su mente las nuevas aventuras que vivirá junto a su familia.


Larix, un solitario alerce

(Gonzalo Llaito, I° medio)

¡Hola! Mi nombre es Pepe, la roca, y soy el narrador. Pero no hablemos de mí, hablemos de Larix, el alerce. Hace 1700 años, un pequeño brote nació de la tierra, un alerce, se llamaba Larix y desde el primer día, estuvo solo, yo lo vi, pero soy una piedra y no pude ayudarlo. Pasaban las décadas  y Larix crecía, pero seguía solo. Sin embargo, un día, aparecieron cinco brotes distintos, Larix no lo podía creer. Así fue como conoció a Coi-Coi, el coihue, Olvillo, el olivillo, Olmo, el ulmo, Teno, el tineo y Lengu, la lenga.

Pasaron años hablando y jugando, décadas, siglos, pero un día Olvillo decayó, se seco lentamente, Larix intento ayudarlo, mas no se pudo nada hacer y Olvillo… murió. Larix quedo devastado.

Coi-Coi y Teno se sintieron fatal, no hablaban, no reían y aunque se veían bien de salud, por dentro, Coi-Coi se sentía seco y Teno, sentía en su interior, un incesante diluvio.

De tanto, años después, Teno se ahogó de pensamientos, y Coi-Coi se quebró mentalmente, junto con su avanzada edad, culmino con la poca vida que tenían.

Olmo y Lengu se mantenían estables, y Larix, aunque algo deprimido, mantenía la chispa que unía al grupo.

Un día de tormenta, el pequeño grupo, disfrutaba como sedientos la húmeda lluvia, cuando de repente, un veloz rayo, impactó en Lengu. El golpe fue contundente, pero no fue lo peor.

La gran descarga eléctrica generó el mayor miedo de un árbol, el fuego. El terror inundó la atmósfera, y no podían hacer nada. De golpe, la lluvia se transformó de un goce a un desesperado intento inútil de apagar las llamas candentes que desgarraban al pobre Lengu. Las cenizas volaban con el viento, y no había escapatoria. Al parecer el cielo odiaba a Lengu y, no conforme con el sufrimiento que le género, le tiro otro rayo, pero este era iracundo, tanto, que el choque lo partió. No había razón ni pretexto para explicar este berrinche de las nubes, pero podían y lo hicieron.

Larix y Olmo trataron de sobrellevarlo, pero no sabían cómo.

Un día, Olmo le pidió hablar sobre algo importante a Larix:

  • ¿Dime que sucede, Olmo? – preguntó Larix, impaciente por la respuesta.
  • Larix, no sé cómo lo tomes, pero, me tengo que ir – dijo Olmo.
  • ¿Por qué te vas?
  • Porque llegó mi día, y me tengo que marchar.
  • Pero… ¿y yo qué hare?
  • Vivirás, no se cuanto más, pero te queda un largo camino.
  • No quiero morir solo.
  • No lo harás – dijo entre lágrimas–adiós.

Olmo murió de viejo. Larix no pudo hacer nada, Olmo tomó la decisión. Pasó un milenio y al seco cadáver de Olmo le costaba podrirse, hasta que un día desapareció. Esto le gustó de primeras a Larix, porque no vería el cadáver de un viejo amigo, pero con el pasar del tiempo lo empezó a olvidar.

A dos meses de completarse la pudrición, y con escasos recuerdos de Olmo, Larix presenció un milagro biológico, a su alrededor empezaron a crecer ulmos por doquier. Dentro del tronco seco de Olmo había miles de semillas de ulmo.

Olmo murió dejando un gran legado, para que el día que caiga la última hoja de su amigo el alerce, pudiera hacerlo con miles de amigos, como siempre él quiso.

Actualmente, vive rodeado de ulmos que lo acompañan en su travesía llamada vida.

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